Fomentar una mentalidad creativa

Fomentar una mentalidad creativa

"¿Qué tipo de formadores de mentes debemos ser si queremos que nuestros estudiantes adquieran una mentalidad creativa y obtengan buenas notas? La creatividad va más allá de la música y el arte. Es una actitud frente a la vida, y todo el mundo la necesita. Se trata de un compuesto de hábitos mentales que incluyen la curiosidad, el escepticismo, la imaginación, la determinación, la habilidad en el trabajo manual, la colaboración y la autoevaluación."


WISE Education

El siguiente artículo ha sido escrito originalmente para WISE ed.review. Para leer el artículo original en inglés, haga clic aquí. Sigue la actualidad de WISE en @WISE_es.

Este artículo es parte de una serie desarrollada alrededor del siguiente tema de debate: ¿Qué alternativas existen a las pruebas estandarizadas? (parte 3 de 4).

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Guy Claxton
Profesor Emérito de Ciencias de la Educación de la Universidad de Winchester; Profesor invitado de Educación en el Kings College de Londres

 

Al hablar de educación, normalmente nos centramos en dos dimensiones. La primera: ¿Qué debemos enseñar a los niños? La segunda: ¿Cómo sabremos que lo han aprendido? Currículo y evaluación. Son dos temas que dominan el debate educativo en todo el mundo. Pero existe, todavía, otra dimensión; menos obvia pero mucho más importante: ¿Cómo logramos que utilicen la mente? ¿Qué tipo de competencias de aprendizaje conseguimos que nuestros estudiantes utilicen? ¿Qué tipo de formación en el uso de la mente se está impartiendo, día sí día también, en nuestras escuelas? Sabemos que la mente humana está formada por rutinas del pensamiento, muchas de los cuales se desarrollan en la escuela. Así, pues, debemos estar seguros de que los hábitos mentales que enseñamos son los que nuestros jóvenes realmente necesitarán.

El docente influye de un modo importante en las competencias mentales que los estudiantes activan en las aulas. En matemáticas, podemos enseñar las «áreas» de un modo que formemos a los estudiantes para detectar problemas —no solo para resolverlos— y fomentemos su disposición a la curiosidad y una actitud colaborativa. Otra opción es enseñar las «áreas» de un modo que reforcemos su tendencia a la pasividad, dependencia e instrumentalidad. Podemos explicar la historia de la Segunda Guerra Mundial de un modo que fomente la empatía y la tolerancia. O podemos impartir la materia como si solo hubiese un único punto de vista «correcto». Cada profesor deberá decidir, de modo consciente o inconsciente, qué clase de formación mental se desarrollará en su aula.

Hace unos días conversé con un grupo de profesores de historia, y tocamos el tema de la falta de conciencia crítica en los jóvenes al navegar por la red. Daban por bueno cuanto aparecía en Wikipedia. Estuvimos de acuerdo en que un escepticismo sano frente a las «reivindicaciones de conocimiento» era un hábito mental bastante útil en el siglo presente. Y yo les dije: «Sólo confirmadme, si podéis, que el modo en que impartís historia a los estudiantes de noveno grado está diseñado para desarrollar una actitud crítica frente a las reivindicaciones de conocimiento de la que ahora (con bastante derecho a hacerlo) os quejáis que no tienen…» Y debo decir que se hizo algo de silencio. Porque nunca se les había ocurrido que un tema de la historia podría utilizarse como un mecanismo de ejercicio para ejercitar una actitud vital para el siglo XXI como es el escepticismo, en oposición a una inclinación disfuncional a creer cuanto leen. También podéis descartar la posibilidad y decir «yo solo imparto conocimiento». Independientemente de la forma de enseñar, cada docente es un formador de mentes, situado en algún lugar en un proceso continuo que va desde la construcción de la conformidad, a la construcción de la inteligencia creativa.

Por lo cual, es más importante “cómo” se enseña en las escuelas que “el qué” se enseña. Es cierto que los niños necesitan conocimiento, pero todavía necesitan más los hábitos mentales que les permitirán prosperar en el mundo real. Cada líder en la escuela debe formularse continuamente dos preguntas. ¿Con qué métodos conseguiré que los estudiantes obtengan las mejores calificaciones? y, ¿qué métodos les ayudarán a desarrollar unas mentes flexibles, curiosas y creativas que sin duda les harán falta si quieren emerger con éxito en un mundo complicado? Son dos preguntas que van unidas. Enseñar de un modo que fomente el ejercicio de muchas habilidades mentales diferentes y útiles es más atractivo, y los estudiantes implicados obtienen mejores resultados en los exámenes. Limitarnos a lamentarnos de «lo tradicional» frente a lo «progresista» forma parte de un debate anticuado y estéril. Podemos y debemos pensar mejor.

¿Qué tipo de formadores de mentes debemos ser si queremos que nuestros estudiantes adquieran una mentalidad creativa y obtengan buenas notas? La creatividad va más allá de la música y el arte. Es una actitud frente a la vida, y todo el mundo la necesita. Se trata de un compuesto de hábitos mentales que incluyen la curiosidad, el escepticismo, la imaginación, la determinación, la habilidad en el trabajo manual, la colaboración y la autoevaluación.

Si realmente queremos preparar a los jóvenes para el siglo XXI, los docentes deberán aprender a impartir historia de un modo que fomente el escepticismo; las matemáticas, de un modo que desarrolle la curiosidad; y el inglés de un modo que ejercite y refuerce la imaginación de los niños.

Por ejemplo, Napoleón Bonaparte escribió «La historia es el relato escrito por los vencedores». Haced que los estudiantes debatan sobre la frase, y que a continuación critiquen el manual analizando las opiniones y valores no reconocidos del escritor. Así haremos que practiquen siendo adecuadamente escépticos sobre el texto, no influidos por el mismo. Después les haremos escribir sobre un hecho histórico sobre el que hayan debatido a través de la perspectiva de tres protagonistas diferentes, para ejercitar sus «músculos de la empatía».

O, si estamos enseñando a alumnos de edades más tempranas los colores del arco iris, hagamos que observen atentamente una fotografía de un arco iris real y que discutan sobre cuántos colores distinguen, (no es cierto que un arco iris haya siete colores, esto es una convención). Hagamos que la recorten y hagan otras composiciones, y que piensen en nombres bonitos para las bandas de colores que han escogido. Reforzaremos así su capacidad para observar con atención, discutir con precisión y pensar de un modo imaginativo. También podemos mencionarles los colores convencionales, pero, por favor, no caigamos en el error de confundirles diciendo que son los «correctos». (Si como docentes insistimos en ser dinosaurios, podremos enseñar sobre el arco iris de un modo que el niño ejercite la capacidad de memorizar listas, y además le crearemos ansiedad por la «posibilidad de hacerlo mal». Pero este no es el modo de funcionar en el siglo XXI).

Mientras pasan de Matemáticas a Inglés y de Inglés a Historia, y de Historia a Ciencias, ¿les ofrecemos a los jóvenes un ejercicio mental de vía estrecha que sólo les sirve para pensar en el concurso «¿Quién quiere ser millonario?»; ¿o para superar exámenes de selección múltiple?; ¿les estamos convirtiendo en personas que buscan la certeza y la corrección, se avergüenzan de la ignorancia o la confusión y solo piensan en obtener una nota?; ¿o les ayudamos a ejercitar y valorar la curiosidad, la capacidad de convivir y la reflexión, además de obtener nota?; ¿estamos construyendo mentes fuertes y completas que puedan prestar atención, pensar lateralmente, mostrarse en desacuerdo de un modo respetuoso, persistir de un modo imaginativo y tolerar la incertidumbre? Voltaire, el intelectual francés, nos recordó que «la duda es un estado incómodo, pero la certeza es un estado ridículo». Si estuviésemos tan hipnotizados por los resultados PISA que, sin darnos cuenta, educásemos a los niños para que, quién sabe cómo, sólo proporcionasen respuestas prefabricadas, pero no les enseñásemos a pensar por sí mismos, seríamos nosotros los ridículos.

[NB: Partes de este artículo se publicaron en el blog Finding Common Ground de la Semana de la Educación, en fecha 3 de junio de 2014 No está sujeto a derechos de autor.]

Lee el primer artículo (1 de 4): Reinventar los exámentes: “¿Cómo y cuándo deben evaluarse las competencias?”

Lee el segundo artículo (2 de 4): Poner la tecnología a prueba

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